Crítica de Gerard Xuriguera

1/12/2002

MÓNICA SARMIENTO

No sabríamos limitar la obra de un artista a sus anclajes identificativos, por mucho que los orígenes, la formación, los fundamentos de la cultura nacional, el clima, los parámetros geográficos y sociales, reflejen lo que hay de específico en cada comunidad humana. Este preámbulo vale para la mayoría de los artistas, y por lo tanto para aquellos que han elegido expatriarse, con el fin de ensanchar sus registros estilísticos y sentir otras experiencias, el recuerdo engrandeciendo el país alejado.

Dicho esto, por mucho que, como lo decía Dantón, "Uno no se lleva consigo la patria pegada a la suela de sus zapatos", la evidencia nos lleva a considerar el trabajo de algunos practicantes, en función de sus raíces. En estos tiempos de globalización cultural, donde la aventura de ideas se adelanta a la pintura, y por consecuencia, a la materia, es reconfortante encontrar una artista que no olvida los alrededores de su tierra natal, y no duda en comulgar con la naturaleza, en lo que ofrece más elemental y más tónico.

Valenciana de adopción, Mónica Sarmiento, llegada hace aproximadamente dos años de Quito, no se ha deshecho de su manera tan singular de jugar con los ritmos vegetales, de retorcerlos, de recortarlos y de articularlos sobre sus soportes de madera, dejándolos respirar de un modo intersticial, casi laberíntico, tanto sus redes sutilmente traslapadas, toman direcciones inesperadas. Sin embargo, el conjunto de elementos se constituye en un todo indisociable.

Haciéndose, una libertad conquistadora, pero perfectamente dosificada, dirige la mano voluntaria y precisa de Mónica, al hilo de los entrelagos, de pétalos, y de segmentos en espiral, que ella distingue, posiciona y estructura, con una espontaneidad concertada y una energía en estado bruto, sobre tableros de ajedrez arácnidos. El color, ardiente y contrastado, aporta aquí su contribución cálida y vivaz a la elaboración de sus catastros con venas, llenos de savia tropical que vibran al aliso de miradas de fragmentos de cortezas de limones, de naranjas, de plátanos, de yucas, de pulpas o de hojas variadas, de las cuales la manera de formar procede a la vez de una búsqueda paciente y meticulosa y de un lirismo vigilado. Finalmente, añadiremos a este inventario de texturas y temático, tejido con materiales los más humildes, el lugar acampado por el árbol, macizo, imponente, vacilante o estático, en su vocabulario de base, sin omitir el fulgor del astro solar o de las evocaciones de la tierra.

En estas regiones de efervescencia contenida por una trama geométrica reguladora, el mundo de las apariencias reivindica sus legítimos derechos, en la medida donde el referente no sufre alteraciones desplazadas, ni deformaciones sistemáticas. Mónica no pasa por lo tanto por una narración en el sentido estricto, se contenta con evocar sus sujetos, con sugerir la masa, con articular los planos, con concentrar el crecimiento alveolar, con difuminar los movimientos, dicho de otra manera, con perfilar la síntesis, pero sin mutilar lo reconocible.

Lejos de los gestos aprendidos en la escuela de Bellas Artes, que ella ha digerido lúcidamente y de los que ha sacado su provecho, armada con sus manos expertas, con su paciencia, con su intuición y su sentido táctil, más allá de prácticas de estilo, ha sabido inventar una escritura a ninguna otra comparable, al margen de un exotismo de circunstancia y de una figuración carente de renovación. Ni pintura, ni escultura, ni objeto, pero más bien relieves policromos, sus superficies agrestes, de ramificaciones variadas, desarrollan una animación sensitiva que nos habla sin ocultar las metamorfosis de esta suntuosa e insumisa naturaleza del sur ecuatoriano donde a Mónica le gusta renovarse, expresando siempre su fuero interior que la anima.

Hay, ciertamente, algo de primitivo, lleno de reminiscencias orgánicas localizadas, en sus relieves poderosamente expresivos, y conjuntamente, a parte de sus acentos particulares, una nota muy contemporánea en la puesta en página, el todo bajo-tendido por una verdadera poetización del espacio.

Ahora, Mónica es quizás la heredera de una cultura milenaria, pero ante todo es ella misma: una artista independiente fiel a su proyecto, cuya obra solidaria y prometedora hoy, está lista para el mañana.

GERARD XURIGUERA

Diciembre 2.002